La historia de la humanidad está plagada de lo que hoy conocemos como revoluciones... Movimientos caracterizados por una gran revuelta social que cotidianamente han terminado en estallidos de guerras y batallas armadas dónde se intenta lograr una suerte de equidad, donde se busca el instaurar los valores de turno...
Hemos sido testigos históricos de las revoluciones de nuestros antepasados, estimando importante el avance obtenido en cada una de ellas... Los plebeyos en la antigua Roma se revelaron contra el poder sin límites que ostentaba la clase aristocrática de su sociedad, obteniendo un sinnúmero de reformas sociales que apaciguaron durante muchas generaciones el descontento social.
Luego, las inigualables revoluciones industriales que le dieron el impulso final al desarrollo tecnológico del hombre y el impulso inicial y definitivo a la polución del planeta en aras de “un futuro esplendoroso” para una ignorante humanidad.
En medio de las revoluciones industriales sobrevino una que atacó abiertamente a las desigualdades sociales que existían antaño y que aún pueblan la tierra... Nos referimos a la publicitada revolución francesa... Hecho histórico – social que escandalizó a las monarquías de su tiempo, ya que proponía, igualdad, fraternidad, paz, y otros valores populares hoy en la boca de todos aquellos que buscan o detentan el poder.
Es menester destacar que las democracias actuales son de igual forma... Todas cuidan que ninguna sucumba a cualesquiera intento de cambio... Antes eran unos pocos que abiertamente detentaban el poder... Hoy es lo mismo, pero la cosa se lleva adelante en forma más solapada...
Solapada porque nos enseñan que somos libres, que podemos elegir lo que queramos y hacer todo lo que podamos siempre y cuando no nos salgamos de la moral ni de las buenas costumbres... Todas reglas arbitrarias dictadas por unos pocos para su conveniencia y provecho...
Nuestra especie tiene mala memoria colectiva, ya que lo que ayer era duramente criticado por todos hoy es aceptado e inclusive enarbolado como bandera de lucha por sus otrora más acérrimos perseguidores...
En fin, algunos hablan de generar otra revolución... una que derrumbe la forma en la cual vivimos, pero nadie se pone de acuerdo en cómo debe hacerse este nuevo sistema... Creo, humildemente que la verdadera revolución sólo puede partir de cada uno...
La verdadera revolución que transforme nuestra menesterosa forma de relacionarnos entre nosotros y con el mundo que nos circunda comienza en el alma de cada uno de los que habitamos este hermoso y maltratado planeta...
Unos dirán que esta postura es egoísta, otros argumentarán que es tan individualista como el sistema actualmente imperante, pero yo digo que si no somos capaces de querernos a nosotros mismos no podremos hacer otro tanto con los demás... Si no somos capaces de valorar nuestro rol en la sociedad y el cosmos mucho menos podremos aceptar la inmensa diversidad que existe acá y en todos lados.
No hablo de espiritualidad, ni de acercarse por medio de alguna religión a un Dios determinado, sino de ser lo suficientemente sensibles para sufrir el dolor ajeno, de ser buenos en nuestros actos y pensamientos... De ser capaces de pensar, sentir y actuar en la misma dirección...
Proclamo a todos los que deseen escuchar que la única forma de derribar este sistema inhumano y ficticio es siendo gentiles, amables, comedidos, como dijo Jesús: ir como ovejas entre los lobos... No dar la otra mejilla, sino enseñar que no es necesario siquiera poner la primera...
Si cambiamos de adentro, si vemos el mundo no como un lugar que hay que conquistar sino que uno donde desenvolver nuestras más altas virtudes, entonces, sólo entonces podremos hablar de dejar de lado el derecho a la herencia o del derecho a ser libre pensadores... ya que sólo en ese momento seremos verdaderamente libres de toda maquinación sistémica por mantener un status quo que sólo beneficia a unos pocos de los 6 mil millones que habitamos este astro...
26 de agosto de 2005
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