29 de agosto de 2005

Hablemos del formato...

Cada cultura le enseña a sus hijos cómo debe organizar el mundo que lo rodea para dejar de lado el aparente caos que sujeta a nuestro entorno... Nosotros, la civilización occidental, hemos elegido a los ojos y la razón como organizadores del mundo.

Es por ello que tanta ínfula le brindamos a la belleza, a los colores, a la presencia... En definitiva a toda la información que nos llega del mundo externo y que procesamos a través del sentido de la vista y la utilización de la razón como vehículo de comprensión de todo cuanto nos rodea.

Algunos decimos a viva voz que el sistema en el cual nos desenvolvemos los seres humanos dista mucho de ser humano, es más, aseguramos que es la viva extensión de la más salvaje de las selvas donde el más pequeño sucumbe ante la arremetida de los más fuertes...

Cierto es que la evolución de las especies incluye esa lucha eterna que hace que el más apto predomine y triunfe en la subsistencia. Empero, nos jactamos de ser seres capaces de sentir, capaces de pensar y por cierto capaces, muy capaces de cambiar el entorno a nuestro gusto y gana.

Entonces nace una contradicción que nos pone una disyuntiva terrible, cual es, somos humanos o meros animales con la simple capacidad craneana de llegar, algún día, a sacar fuera de nosotros nuestras reales capacidades. Tal vez, seamos un frustrado experimento más de la naturaleza en su interminable tarea de buscar la perfección en su inmensa creatividad.

Pero volvamos a lo del formato... Nos sentimos tan seguros de nuestra claridad en los conocimientos sobre todo lo que nos rodea que no somos capaces de cuestionarnos, ni por un segundo, que tal vez hayamos errado el camino y que en algún punto olvidado de nuestra historia dejamos de lado el vínculo con todo el cosmos.

Muchos, antes de los que ahora vivimos, dijeron que lo que vemos son ilusiones de la realidad, sombras otros argumentaron, los más audaces se atrevieron a sugerir que lo que no vemos es más vasto que todo cuanto nuestros sentidos unidos eran capaces de percibir... y que conocemos tan poco acerca de la naturaleza que sus secretos más íntimos aún permanecían intactos y ajenos al conocimiento humano basado en la lógica de la razón.

La razón, que importante ha sido a lo largo de la historia del pensamiento humano y sin embargo que pobre ha resultado para dilucidar misterios que van más allá de nuestro entendimiento, simplemente porque no aceptamos algo que se escape a las leyes que, aparentemente, gobiernan la mente humana.

Nuestro método científico, obra de cientos de años de maduración racional, determina que es verdad algo sólo si puede probarse prácticamente... Entonces por ello descartamos que, por ejemplo, los egipcios se dividen en dos imperios y que el primero de ellos, llamado maliciosa y oscuramente como el Egipto negro, es el antecesor al comúnmente conocido nuestro.

Datos para aseverar lo anterior hay muchos. A pesar de ello los científicos occidentales tratan a estos datos desdeñosamente asegurando que son accidentes históricos, quitándoles toda posible importancia por amenazar su débil teoría acerca de la evolución humana sobre la Tierra.

Los escépticos nos apuntan diciendo que nuestra imaginación está hiperactiva... Pero... por qué la esfinge tiene más de 15 mil años y la civilización egipcia conocida sólo data del 3.500 A.C... Por qué la Gran Pirámide de Gizé no es como la mayoría de sus hermanas: un recinto mortuorio...

Es más, por qué ellos sabían exactamente cuál era el número Pi, si sólo sirve para determinar la cuadratura del círculo... Para qué le serviría una pila a un pueblo que, aparentemente, nada sabía sobre la electricidad... Ejemplos todos que demuestran lo poco que sabemos de la antigüedad y sus sucesos... Ejemplos que demuestran que lo que vemos y sabemos acerca de la realidad es sólo el reflejo de un formato que venimos practicando desde la infancia de nuestra materialista civilización...

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